Por dante Robba

Representatividad Vs Participación


Una reivindicación de la Política (El poder – siempre – en nuestras manos)

En un pasaje de la película “Batman el Caballero de la noche”, el Guason le dice a un convaleciente Harvey, dos caras, Dent:
“¿Te digo de que me di cuenta? Nadie se altera si todo va de acuerdo al plan. Aún cuando el plan sea espeluznante”.

Las instituciones han sido, desde siempre, organismos de ejecución al servicio de los poderes dominantes, que las han diseñado, moldeado y adaptado a cada momento histórico con un único fin: conservar sus privilegios de clase. Y no sólo las han diseñado, también las han cooptado, a través de mercenarios que venden sus servicios de representatividad por un lado o, como en el momento actual, también a través de representantes propios, directos, salidos de las mismas entrañas del poder; representantes –guardianes – de sus propios intereses – ¡brillante estrategia!

El problema (para ellos) sucede cuando (a veces, muy esporádicamente), se infiltra en las instituciones un agente extraño (individual o colectivo), una “rara avis”, incorruptible, cuyos principios no están a la venta; un elemento tóxico para el sistema. Alguien que quiere cambiar desde adentro, todo lo que la gente (la mayoría) quiere cambiar desde afuera. ¿Cómo reaccionan las instituciones ante casos así? Desarrollan mecanismos de defensa, anticuerpos y, como todo organismo vivo (y corporativo) cuando se siente atacado, los activan pertinentemente y de manera coordinada.

Las formas protocolares, los modales, los usos de “buenas costumbres” de las instituciones oficiales no son ni más ni menos que eso, parte – junto con la ejecución de las teorías panópticas de vigilancia de las que nos advierte Foucoult – de la implementación de un plan, el de tener todo bajo control; dentro de las instituciones, fuera de ellas. Patéticos intentos de encuadramiento, de esquematización física y psíquica, de contención actitudinal y pasional – no parece ser tan descabellado pensar, ante tales circunstancias, que algún día (no muy lejano) se intente abolir por decreto el deseo, como nos canta Joaquín -. Mecanismos de control diseñados por aquellos que quieren que nada cambie, aquellos que no están dispuestos a ceder ni un ápice en su posición de privilegio. Podrán infiltrarse agentes externos, dicen ellos, pero la cancha la seguimos marcando nosotros. Cualquiera que ose romper ese esquema premeditado de control es tratado de salvaje, violento, antidemocrático e inmediatamente denigrado en los medios de comunicación y judicializado. El poder actuando coordinadamente, no sólo para castigar al insurrecto (individual o colectivo), sino también para amedrentar, desanimar al resto, aquellos que no son representantes directos del poder, los que están comprados, los que, por eso mismo, pueden traicionar.

   “Si mañana – continúa el Guason – le digo a la prensa que algún pandillero será asesinado o algún convoy de soldados va a explotar, nadie va a alterarse. Porque todo es parte de un plan. Pero cuando digo que un insignificante alcalde morirá todo el mundo pierde la cabeza”.

Si el concejo aprueba por enésima vez un aumento en el boleto del transporte urbano de pasajeros o habilita una mega construcción edilicia que transgrede ampliamente las normas de urbanización, nadie se altera. Pero si un edil llama “rata” a otro porque elude descaradamente un debate y huye o utiliza una metáfora incendiaria para graficar el descontento general, todo el mundo pierde la cabeza. Porque rompe con el plan, aunque este sea (a todas luces) evidentemente espeluznante.

La vergonzante votación del 8A en el Senado, donde la casta política más conservadora no pudo – no quiso – dar respuestas a las demandas del movimiento organizado más grande y potente, plural y diverso y, por eso mismo, más maravilloso; y lo que pasó en el concejo de Rosario el jueves 31/8, dejaron suspendida en el aire, como una densa niebla matinal, la sensación de que el sistema de representatividad atraviesa una crisis terminal y la política tradicional vuelve a ser puesta en jaque (remembranzas del “que se vayan todos” de 2001). ¿Es esta, entonces, una proclama antidemocrática? ¿Un llamado a la insurrección civil, a prender (literalmente) fuego las instituciones? No. Todo lo contrario. Es un llamado a su democratización, a su cristalización, a su descorporización. A imponer nuestras formas, nuestros lenguajes. A llenar las instituciones de gente común. A desplazar la política tradicional. Está bien defender y conservar las tradiciones cuando ayudan a preservar la historia pero no cuando se convierten en obstáculos para el avance de las demandas y reivindicaciones sociales.

En tiempos de “modernidad líquida”, donde los sólidos valores colectivos de antaño se desvanecen en el aire y la individualidad prevalece en la inestable y superflua sociedad de consumo; en tiempos de duranbarbismo político donde las puestas en escena, las simulaciones, las imágenes han desplazado a los contenidos; en tiempos de despolitización inducida, urge la necesidad de reivindicar la política, la nueva política, esa que construye democracia participativa, en los barrios, con la gente. Aquella que desde afuera obligue a cumplir a los de adentro con esa hermosa y potente consigna zapatista que reza que “quien manda, mande obedeciendo”.

Extirpar de la política el cáncer de los políticos tradicionales, aquellos que la han usufructuado, que la han corroído, carcomido y corrompido por dentro; rescatarla de su degradante condición y enaltecerla, distanciándonos cada vez más de los valores e intereses que representa el enemigo. Romper las cadenas con las que intentan maniatarnos para imponer, como sombras proyectadas en la pared, una realidad que no es tal y una ilusión de democracia que lo es mucho menos. Construir, así, democracia verdadera y resignificar sus instituciones, cambiando todo lo que deba ser cambiado. Ese es el desafío, esa es la invitación

Dante Robba